La manipulación de imágenes y videos mediante inteligencia artificial, conocidos como deepfakes, se ha convertido en una nueva forma de violencia sexual contra niñas, niños y adolescentes. Estos contenidos falsificados exponen a los menores a situaciones de abuso digital que, aunque virtuales, generan consecuencias reales y profundas.
Expertos en salud mental advierten que las víctimas pueden sufrir ansiedad, depresión, pérdida de confianza y sentimientos de estigmatización que afectan su desarrollo emocional y social. La gravedad del daño se ve potenciada por la rápida difusión de estos materiales en redes y plataformas digitales, donde su eliminación resulta sumamente difícil.
Organismos especializados señalan que este fenómeno representa un desafío urgente para los sistemas de justicia y protección. La necesidad de marcos legales actualizados, protocolos de actuación efectivos y políticas públicas integrales resulta clave para salvaguardar la integridad y los derechos de la infancia en entornos tecnológicos cada vez más complejos.